El estrés forma parte de la biología humana desde sus orígenes. Durante miles de años, esta respuesta permitió a nuestra especie sobrevivir ante amenazas reales e inmediatas. El problema al que nos enfrentamos hoy es diferente: el sistema nervioso no distingue entre un depredador y una reunión de alto impacto, y responde de la misma manera ante ambos (Sapolsky, 2004).
El modelo de Selye: tres fases que definen la respuesta biológica
En 1936, el endocrinólogo Hans Selye describió por primera vez la respuesta orgánica al estrés como un proceso secuencial al que denominó Síndrome General de Adaptación. Décadas de investigación posterior han confirmado y refinado este modelo, consolidándolo como uno de los pilares de la psiconeuroinmunología moderna (Bottaccioli, 2022).
Fase de alarma. Ante un estímulo percibido como amenazante, el hipotálamo activa el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal y la médula suprarrenal libera adrenalina y noradrenalina. La frecuencia cardíaca se eleva, la glucosa disponible en sangre aumenta y los músculos se activan. Una respuesta eficaz, rápida y diseñada para durar minutos.
Fase de resistencia. Si el estresor persiste, el organismo entra en un estado de adaptación sostenida. La producción de cortisol se mantiene elevada de forma crónica, y el sistema inmunológico comienza a ver comprometida su capacidad funcional. El cuerpo sigue operando, pero a un coste fisiológico progresivo y acumulativo.
Fase de agotamiento. Cuando las reservas fisiológicas se agotan, aparecen los daños orgánicos: úlceras gástricas, disfunción suprarrenal, colapso inmunológico. En modelos animales, esta fase puede resultar fatal (Bottaccioli, 2022). En profesionales humanos, se traduce habitualmente en burnout clínico, enfermedad crónica o deterioro sistémico que se instala de forma silenciosa.
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El impacto del cortisol sobre el rendimiento y la salud
El cortisol cumple una función fisiológica legítima: movilizar energía ante situaciones de emergencia. La dificultad surge cuando sus niveles permanecen elevados durante semanas o meses sin posibilidad de recuperación.
Bruce McEwen acuñó el término carga alostática para describir el desgaste acumulado que genera sobre el organismo la activación sostenida de los sistemas de estrés (McEwen, 2007). Este proceso afecta de forma directa a tres grandes ejes fisiológicos. A nivel neurológico, reduce la plasticidad cerebral y altera la consolidación de la memoria, con efectos observables sobre la toma de decisiones y la capacidad cognitiva (Sapolsky, 2004).
A nivel endocrino, produce una desregulación hormonal que impacta sobre el sueño, el metabolismo y el estado de ánimo.
A nivel inmunológico, los glucocorticoides reducen la actividad de los linfocitos T, las células NK y los macrófagos, comprometiendo la capacidad defensiva del organismo frente a infecciones y procesos inflamatorios (Segerstrom & Miller, 2004).
Las personas sometidas a estrés crónico presentan una mayor predisposición a enfermar en comparación con quienes mantienen mecanismos eficaces de autorregulación, independientemente de otros factores de estilo de vida (Kiecolt-Glaser et al., 2002).
El eje intestino-cerebro: una vía de comunicación bidireccional
Uno de los hallazgos más relevantes en la investigación sobre estrés de la última década es el papel que desempeña el eje intestino-cerebro en la modulación de sus efectos. Este eje integra la microbiota intestinal, el sistema nervioso entérico, el nervio vago y el sistema neuroendocrino en una red de comunicación constante y bidireccional (Gómez, Ramón, Pérez & Blanco, 2019).
Cuando el estrés sostenido altera este sistema, se produce lo que los investigadores denominan disbiosis intestinal: un desequilibrio en la composición de la microbiota que afecta a la motilidad intestinal, la permeabilidad de la barrera mucosa y, de forma indirecta, al estado emocional y cognitivo.
La relación funciona en ambos sentidos: el estado emocional modifica la microbiota, y la microbiota influye sobre la respuesta emocional (Quesada Rodríguez, 2021).
Esto explica por qué un porcentaje elevado de profesionales bajo presión sostenida experimenta síntomas gastrointestinales sin causa orgánica aparente. La alteración tiene su origen en el sistema nervioso autónomo, no en el aparato digestivo de forma aislada.



