Estrés y neuroplasticidad: cómo el increíble cerebro puede reescribir el trauma

Hay personas que viven un acontecimiento difícil y logran seguir adelante con relativa normalidad. Otras quedan atrapadas en él durante meses o años, reviviendo lo ocurrido de forma involuntaria o sintiéndose permanentemente en alerta sin saber muy bien por qué. La diferencia entre ambas respuestas no depende de la fortaleza de carácter. Depende, en gran medida, de cómo el cerebro procesa y almacena la experiencia traumática.

El trastorno de estrés postraumático afecta a entre el 1 y el 8% de la población a lo largo de la vida (Maercker et al., 2022), pero solo entre el 25 y el 35% de quienes viven un evento traumático desarrollan el trastorno. Esa variabilidad tiene una explicación neurobiológica concreta, y entenderla es lo que permite intervenir con precisión.

Lo que ocurre en el cerebro

El circuito implicado incluye tres estructuras principales: la amígdala, que detecta amenazas; el hipocampo, que contextualiza los recuerdos en tiempo y lugar; y la corteza prefrontal, que regula la respuesta emocional (Fenster et al., 2018). En personas con TEPT, este equilibrio se rompe. La amígdala permanece hiperactivada, el hipocampo pierde capacidad para situar los recuerdos en el pasado, y la corteza prefrontal no logra ejercer su función reguladora. El sistema nervioso reacciona ante estímulos cotidianos como si la amenaza original siguiera presente.

El cortisol y otras hormonas del estrés, cuando se mantienen elevados de forma sostenida, dificultan los procesos de extinción del miedo, es decir, la capacidad del cerebro para aprender que algo que antes era peligroso ya no lo es (Ressler et al., 2022).

Por qué algunas personas se recuperan y otras no

La respuesta apunta a la neuroplasticidad, la capacidad del sistema nervioso para reorganizarse y adaptarse. Esta capacidad depende de factores genéticos, del historial de estrés previo, del apoyo social disponible y de variables biológicas como los niveles del factor neurotrófico derivado del cerebro, el BDNF (Notaras & van den Buuse, 2020). Cuando esta proteína funciona de forma limitada, el cerebro tiene más dificultades para procesar el miedo y recuperar el equilibrio tras un trauma. No es determinismo genético: es un factor de vulnerabilidad que puede modularse a través del entorno y la intervención clínica.

El apoyo social actúa, además, como factor de protección con base neurobiológica real. Su ausencia tras un evento traumático es uno de los predictores más sólidos de desarrollo de TEPT, y su efecto protector se explica a través de mecanismos de metaplasticidad que facilitan la reorganización de los circuitos neuronales implicados en el aprendizaje emocional (Nardou et al., 2023).

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Qué dice la ciencia sobre el tratamiento

Las psicoterapias centradas en el trauma, como la terapia de procesamiento cognitivo, la exposición prolongada y el EMDR, son hoy la primera línea de tratamiento recomendada (Schnurr et al., 2024). Su relevancia va más allá del alivio sintomático: producen cambios estructurales documentados en la sustancia blanca del cerebro, modificando físicamente los circuitos alterados por el trauma (Kennis et al., 2015). Cuanto antes se inicia la intervención, más duraderos son esos cambios.

En cuanto a la farmacología, la investigación más reciente ha puesto el foco en sustancias que actúan directamente sobre la neuroplasticidad. La ketamina ha mostrado capacidad para reducir síntomas de TEPT en pacientes con depresión comorbida, y la ibogaína produjo mejoras significativas en veteranos de guerra mantenidas un mes después del tratamiento (Cherian et al., 2024). Estas líneas de investigación comparten una hipótesis común: ampliar la ventana de neuroplasticidad durante la intervención terapéutica puede mejorar de forma considerable los resultados del tratamiento.

Una perspectiva aplicada al entorno profesional

El TEPT no ocurre solo en contextos bélicos. Situaciones de acoso laboral sostenido, exposición repetida a eventos críticos o experiencias de abuso de autoridad pueden desencadenar respuestas postraumáticas que con frecuencia no reciben el diagnóstico adecuado. Reconocer que el estrés laboral extremo deja huellas neurobiológicas reales cambia la forma en que se aborda la prevención en entornos profesionales exigentes.

El cerebro tiene capacidad para reorganizarse. Pero esa reorganización necesita condiciones: tiempo, apoyo e intervención adecuada. El estrés postraumático no es una señal de fragilidad. Es la respuesta de un sistema nervioso que hizo lo que pudo, y que con los recursos adecuados puede aprender a responder de otra manera.

Aitor Hernanz, Health Coach acreditado por EMCC y HCA, experto en Estrés, y Máster en Psico-Neuro-Endocrino-Inmunología.

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